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La madre Misako se había quedado dormida, boca abajo sobre la mesa de la sala. La pantalla de su laptop de trabajo iluminaba su voluptuoso cuerpo en la oscuridad. Sus abundantes curvas, que se descolgaban de la mesa y se balanceaban, estaban siendo amasadas por las manos de su amado hijo, Majime… Estos no eran sentimientos hacia una madre… Cada vez que Majime tomaba conciencia de Misako, lo atormentaba una angustia insoportable. El secreto que le había enseñado su tía Reika… Como madre, como esposa, como maestra, Misako ponía todo su corazón en sus deberes diarios. Él quería salvarla. La realidad que de repente le cayó encima. En el momento en que oyó ese hecho, el sonido de las cadenas que ataban su hirviente verga de hijo se rompió de golpe…